Para alguien que pasa su vida tomando las decisiones equívocas, que no piensa con claridad y está bajo las riendas de impulso, el lamento ya no es una opción. Porque el lamento y la falta de perdón devienen en la falta de presencia. Yo estoy ausente, difuso sin certeza alguna, no me entiendo, y no quiero escucharme, no me perdono, y no quiero hacerlo. ¿Hay que encarar algo? Todo el tiempo, en primer lugar a mí... ¡Hijísimo de tu chingada madre! eres un cagadero Juan Fer, te manejas con crapulencia a ratos, pero esta a veces se ve mutilada por tu consciencia, que no puede dominar porque permites que un susurro cobarde a tu espalda te diga que no tienes qué, que eres algo o alguien, y no el momento, que estás en donde estés, pero no puedes responder "Estoy aquí". Miseria, miseria y llanto.
Es que no puedo estar alerta más de una hora, no puedo pasar un día notando todo, sin juzgar nada, actualmente, el lamento ha sido una parte rutinaria de mi vida, a pesar de todo, buenas cosas he dejado ir, malas decisiones he tomado, y nadie me ha recriminado por ellas siendo competente al respecto, sólo yo he sentido el castigo de mi falta de mi mismo, de mi inseguridad, de mi inconstancia.
¿Qué tan peligroso puede ser que sea completamente sincero para mi yo cobarde, que este ha predominado con fuerza?
Le tengo miedo a mi cobardía, y le tengo miedo a la bravura, le tengo miedo a vivir un sueño, sé perfectamente que es más simple soñar la vida, indicar la ruta a seguir en vanlidades, pero estoy consciente de que sabiendo ésto y permitiéndolo, jamás estaré en paz, mi mente será tierra de nadie, y esa identidad falsa que se ha hecho a base de la infidelidad a mí mismo, seguirá controlándome.
Cuando empecé a notar que estaba avanzando, vino un retroceso mucho más doloroso, porque ahora estoy consciente de como es grave mi situación.
Decidí que debo encararme a mí mismo, darme las respuestas más difíciles y hacer algo al respecto, el lamento ya no es una opción, porque no puedo remediar lo que ya pasó, y el camino es muy bello para perder el tiempo vigilándome y negándome que germine lo bueno que hay en mí.